15 de septiembre de 2008

Trágico drama de niños

Dejadez
Tres infantes han sido atropellados en el vertedero Rafey
Por Oscar Quezada
Acción. La vida de miles de niños “buzos” se ve mermada por las condiciones en peligro con las cuales sustentan su desamparada existencia.
La indefensión infantil es un tema que a la vista resulta recurrente. Pero, al margen de valoraciones, las muertes, atropellos y traumas a esa población es una realidad ineludible, que a través del tiempo ha persistido sin soluciones.
La vida de José Guillén terminó como la de muchos niños que viven a expensas de lo que el día a día les depare. Pepo, como lo decian sus amigos, murió aplastado entre la basura que habitualmente removía, en busca de objetos para mantenerse.
A Pepo, de 12 años, lo mató un camión compactador de desechos, en el vertedero de Rafey, en Santiago.
Allí, donde horas tras horas los pequeños se sumergen entre la mugre y hacen de las inmundicias su modus vivendi. Su madre se había desentendido de él, por su renuencia a prorrogar sus estudios.
Como de costumbre, ahora llueven las opiniones y propuestas de solución.
Igual que cuando el 6 de enero del 2007 otro jovencito de 13 años, conocido como Carlitos, sucumbió bajo las gomas de un camión recolector de basura, en ese mismo vertedero.
Pepo y Carlitos vivían en el empobrecido barrio La Otra Banda, a orillas del río Yaque del Norte.
La indignación por la muerte de Pepo llegó a la Organización Internacional de Trabajo (OIT), que asegura ya son tres los niños que perecen atropellados en ese vertedero.
El pasado reciente registra, otros diez accidentes que han marcado la vida de los pequeños “buzos” de Santiago. Frustración. El deceso de Jonathan Medina (El Vale), bajo las pesadas ruedas de una locomotora del ingenio Porvenir, en San Pedro de Macorís, el pasado 10 de julio, recordó los frustrados programas oficiales para rescatar menores en condiciones de peligro.
Cuando el tren al servicio del ingenio trituró sus extremidades inferiores y órganos vitales de su cuerpo, Jonathan tenía 11 años.
El listado de menores muertos en circunstancias fatales podría resultar interminable. Mientras, a la sociedad le queda contar las tragedias que impactan al sector más vulnerable: la niñez.
En el país no existen programas oficiales de protección a niños callejeros o que, en su defecto, son hijos de padres sin capacidad económica para garantizarles una vida sin traumas.
Planes sin objetivos obtenidos
El país recuerda la época en que el Departamento de Niños, Niñas y Adolescentes de la Procuraduría intentó un plan que, por su condición improvisada y en cierto modo atropellante, no dio con los objetivos que sus promotores vendieron como remedio definitivo de un problema ancestral.
La aparatosa forma en que militares armados salían a buscar niños “de la calle” daba la impresión de que se trataba de una batida contra el narcotráfico, delincuentes comunes o personas indocumentadas en territorio extranjero.
Por su falta de planificación, el programa dirigido por Marisol Tobal murió como falleció calcinada la niña Manuela Díaz, los niños de Rafey y como murieron, baleados 41 inocentes, que hasta el momento de su desgracia estuvieron en serias condiciones de peligro.
Irónicamente, con lo que sí cuenta el Estado dominicano es con una estructura jurídica donde las oficinas y departamentos de asistencia legal para abusos infantiles compiten al que tenga mayor presencia y cobertura en los medios de comunicación, pero continúan sin políticas reales.
El Conani, con radio de acción limitado
La única institución estatal que hace lo que puede con los niños desarropados es el Conani. Pero su radio de acción es muy limitado.
Su mayor concentración es la fase de la primera infancia. Para esto, mantienen un programa de atención donde niños de 45 días hasta cinco años pueden ingresar a uno de los centros habilitados.
Las beneficiarias son mujeres que trabajan y no tienen quien cuide de sus crías.
Sin embargo, como explica Josefina Luna Rodríguez, encargada del departamento Salud y Nutrición del Conani, las necesidades superan la capacidad de esta entidad, pues sólo trabaja con niños de hasta cinco años y con aquellos que son abandonados por sus padres.
Estos últimos son ingresados en un centro especial, hasta darlos en adopción a personas interesadas. En total, son 52 los centros de acogida del Conani.

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