Por: Leandro Ortiz de la Rosa
San Juan está anquilosado y esqueletizado a causa de una ausencia de talentos que ocupen los verdaderos espacios de poder. Se han mudado a espacios incognoscibles el alma del hombre sanjuanero de ayer; ha sido sustituido por el chisme, vagancia, cotilleo, y la murmuración. Por otro lado, abunda la pereza, holgazanería, ociosidad, desidia, flojera, y apatía, dando como resultado hombre y mujeres de vitrina sin nada de esencia.
Podemos decir que todo ello, a cambio también por el poder del dinero que ha incidido en los lugares que usted menos imaginas, me ha llegado la información que hasta me resistí a creer de dicha práctica abominable e ilegal a todas luces, hasta en gentes que forman gentes e imparten conocimientos en los centros de enseñanzas de la educación superior ligados al lavado y, no sólo son hombres, también hay mujeres... ¡Qué pena! ¡Y, a ésta altura de juego!…
Podemos decir en contraste con ellos que a pesar de todo lo que se observa, hay quienes viven solo para ser visto, no para ser entendido; y en el común denominador solo están viviendo para para exhibirse en la buena vida, mostrar, exponer, manifestar y evidenciar cuan bien se la pasan. Por su parte, y en otro contraste con ellos, no hay un interés en aportar, facilitar, ofrecer y dar.
Importa más la foto que la idea, más el ruido que la profundidad. En ésta carnestolendas, juerga y bacanal hay mucha careta, disfraz o antifaz. Ellos en sus celebraciones se caracterizan por el uso de estos elementos para ocultar la identidad y celebrar con alegría. El liderazgo local no comprende que la verdadera grandeza y desarrollo de un pueblo pasa desapercibida porque no grita, no se subasta, no se vende.
Cuando comprendamos que menos, es más, empezaremos a crecer de verdad. Menos ego, más conciencia. Menos alarde, más contenido. Menos brillo prestado, más luz interior. No se trata de acumular seguidores, objetos o aplausos, sino de ganar silencio por dentro, claridad en la mente y coherencia en los actos. Hay que abrir la ventana del alma para que entre la luz.
Será correcto, continuar cerrando las cortinas por miedo, o ignorancia, o continuar tropezando en la oscuridad, a pleno día. Abrir el alma es atrevernos a enfrentar nuestras sombras, renunciar a la falsedad que nos asfixia y abrazar la humildad que nos libera. Solo entonces dejaremos de vivir para la apariencia y empezaremos a vivir para la verdad.
El primer paso es sencillo, pero poderoso: Hacer una mirada que revela nuestra verdad interior, dejar que entre la luz y recordar que el verdadero valor del conglomerado social de un pueblo no está en cuánto se muestra, sino en cuánto ilumina. Mientras sigamos con las cortinas cerradas por miedo, vanidad o ignorancia, seguiremos caminando a tientas en pleno mediodía.
Necesitamos una conexión entre la esencia y el exterior para que nos atrevamos a ver nuestras sombras. En verdad cuando ello ocurra, entonces, es, dónde dejaremos de vivir de cara a la vitrina y empezar a realizar el enfoque de la gran verdad que envuelve a nuestro San Juan, en que haya el verdadero valor humano y que no esté en cuánto se exhibe, sino en cuánto ilumina.
El autor es comunicador social

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