En pleno gobierno de Juan Bosch, un hecho sacudió los cimientos del poder… y dejó una lección que aún resuena en la historia dominicana.
El acusado no era cualquiera.
Era Virgilio Gell… su amigo cercano por más de 15 años. Un hombre de confianza, alguien que incluso dormía bajo su mismo techo.
Pero las denuncias comenzaron a llegar.
El empresario Celso Pérez lo acusó de exigirle 25,000 dólares.
El síndico Manuel de Jesús Reyes alertó sobre maniobras turbias que amenazaban al ayuntamiento.
Bosch no dudó.
Ordenó investigar. Confirmó. Y actuó.
Sin importar la amistad, sin importar la cercanía… lo mandó arrestar, lo destituyó y lo sometió a la justicia.
Entonces, el presidente habló al país con palabras que marcaron una época:
“El presidente de la República no tiene amigos ni enemigos… la ley cae sobre todo aquel que la viole.”
“Me duele hacerlo… pero tengo que hacerlo para preservar la democracia y mi honor.”
En un continente donde el poder muchas veces protegía a los cercanos…
Bosch hizo lo contrario.
Demostró que la verdadera autoridad no se mide por el poder que se tiene… sino por la justicia que se aplica, incluso contra los propios.

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